Familias afectadas reclaman al Estado un plan integral que incluya prevención, asistencia a adictos y mayor castigo para quienes distribuyen estupefacientes.


El avance del consumo de estupefacientes se ha consolidado como el principal problema social que golpea a los barrios dejando a su paso una estela de hogares desarticulados y un futuro incierto para las nuevas generaciones.

La facilidad con la que los jóvenes son arrastrados hacia los vicios ha encendido las alarmas en diversos sectores de la comunidad, donde se observa con preocupación cómo la adicción no solo destruye la salud del individuo, sino que quiebra los cimientos del núcleo familiar.

Ante esta crisis familiares afectados claman por una intervención estatal que no se limite a la reacción policial. Se exige un plan de acción integral que abarque tres ejes fundamentales: prevención desde las escuelas y centros comunitarios, asistencia especializada para aquellos que ya están sumergidos en la dependencia, y castigos más rigurosos para quienes lucran con la distribución de drogas en los barrios.

La percepción generalizada es que los mecanismos actuales resultan insuficientes ante la voracidad de un mercado ilícito que encuentra en la vulnerabilidad juvenil su mayor nicho de expansión.

La urgencia de estas medidas radica en que la droga se identifica hoy como la "madre de todos los males", siendo el detonante directo de otros hechos delictivos como hurtos, asaltos y violencia doméstica.

La sociedad civil insta a que las autoridades locales y nacionales asuman un compromiso real para frenar este avance, entendiendo que, sin una política de prevención robusta y una persecución penal efectiva a los proveedores, el tejido social de la región continuará degradándose.