Durante la conferencia también se realizó la entrega de premios del Bingo Diocesano y se destacaron los frutos pastorales, sociales y educativos del encuentro.
- 08/05/2026
- Por Edicion Prensa
En la Sala del Consejo de la Universidad Católica Campus Itapúa (UCI) Mons. Francisco Javier Pistilli Scorzara, Obispo de la Santísima Encarnación y Gran Canciller de la Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción” acompañado de la Dra. María Elena Villalba, Directora General del Campus UCI, brindó una conferencia de prensa sobre el cierre de la Bienal Católica 2026 y la entrega de premios del Bingo Diocesano llevada a cabo el pasado domingo 26 de abril.
El Obispo reafirmó el compromiso que la Iglesia es puerta abierta que prioriza la dignidad humana sobre la era digital y escucha activamente el clamor de los más vulnerables. Inspirada en la vocación de Simón de Cirene y el legado de San Francisco de Asís, la comunidad se propone reconstruir el tejido social desde lo cotidiano, fortaleciendo la familia como territorio principal de la misión. Este encuentro deja frutos concretos como la Red de Colegios Católicos y nuevos centros de investigación, consolidando una alianza entre fe y ciencia para el desarrollo regional. Finalmente, el mensaje exhorta a los fieles a ser una Iglesia en salida que, con esperanza y disponibilidad, transforme la realidad piedra a piedra en cada rincón del departamento.
Al término de la Bienal Católica 2026, les escribo con una imagen que no me abandona.
No fue la puerta de un programa, ni de un evento en el calendario. Fue la puerta que Jesús mismo nombra en el Evangelio del Buen Pastor: «Yo soy la puerta. El que entre por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastizales.» Esa es la puerta que la Iglesia de Itapúa intentó cruzar durante la Bienal, de los cuatro rincones de la diócesis al mismo tiempo, con una sola voz.
En la era digital, dijo: la persona vale más que el algoritmo. Evangelizar en las redes no es tener presencia en ellas: es ser humanamente presente en un mundo en red.
En la vulnerabilidad y las crisis sociales, dijo: el que sufre no está solo. La Carpa de la Escucha extendida en todas las sedes fue la Iglesia con la oreja pegada al suelo: escuchando lo que duele antes de hablar de lo que sana.
En la salud integral, dijo: el cuerpo también es sagrado. La Iglesia que cuida el cuerpo anuncia que la Encarnación no fue metáfora.
En la familia, dijo: lo cotidiano es el lugar de Dios. El hogar no es la retaguardia de la misión: es su primer territorio.
En la casa común y la economía solidaria, dijo: hay una lógica distinta a la del mercado, y vale la pena ensayarla. La Bienal la ensayó.
Simón no eligió cargar la cruz. Volvía del campo, y lo requirieron en el camino. Pero la cargó. Y la tradición cuenta que después ya no pudo soltarla. Así les sucede a los que ponen el hombro en serio: algo de esa cruz se les queda adherido, y ya no quieren deshacerse de ella.
La vocación cirenea no es un ideal lejano. La vimos en gestos concretos: en los voluntarios de la Universidad Católica que dibujaron trazados para que los niños los pintaran con tiza de colores; en las psicólogas que escucharon a adolescentes en las carpas; en los técnicos y productores que compartieron experiencias de agroecología; en los coros parroquiales que convirtieron la alabanza en oración comunitaria; en los que montaron sillas, transmitieron en vivo, coordinaron traslados y nunca aparecieron en los carteles.
Recibimos también, en esos días, la presencia de San Francisco de Asís.
No un recuerdo ni un símbolo: la reliquia ex cineribus corporis —fragmento de su cuerpo— recorrió nuestras treinta y ocho parroquias, los cuatro decanatos. El cuerpo que abrazó al leproso, que durmió en el suelo de la Porciúncula, que subió descalzo al monte de La Verna, pasó por nuestras comunidades. Y dejó una pregunta que no se responde con palabras:
¿Reconoces la voz? ¿La oyes donde menos la esperas: en el que está al margen, en el que te incomoda, ¿en el que huele distinto? ¿O solo la reconoces cuando suena como ya la conoces?
Francisco no nos pide que seamos pobres en abstracto. Nos pregunta algo más difícil: ¿tienes el coraje de cruzar el umbral? El de lo que te cuesta soltar. Para cada persona es distinto. Para una Iglesia también. Pero ese umbral tiene un nombre que Francisco conocía bien. Se llama esperanza.
La Red de Colegios Católicos de Itapúa —RECCI— quedó formalmente constituida, con la convicción de que nadie educa solo. El Centro de Gestión del Conocimiento, creado junto a la Universidad Católica Campus Itapúa, se propone producir conocimiento local y aplicado al servicio de la pastoral, la educación y el desarrollo social. El observatorio «Voces del Sur» comenzará a escuchar, con rigor metodológico, a los jóvenes de las treinta y ocho parroquias del departamento.
Junto a la Universidad Católica, hemos confirmado una forma de presencia que quiero seguir profundizando: la Iglesia como termómetro que diagnostica la realidad, como faro que orienta desde la verdad, y como motor que impulsa transformaciones concretas. Fe y ciencia, pastoral y academia, no como aliados ocasionales sino como compañeros de misión.