Aprovechando que esta semana el caudal del río Yguazú se mantuvo estable, entre rocas húmedas y la agitada correntada, extrajeron los rastros de una costumbre tan extendida como problemática.


El rumor del agua cayendo con fuerza, constante, casi hipnótico, suele ser lo único que domina el paisaje en las Cataratas del Yguazú, gran atractivo natural compartido entre Brasil y Argentina en la región de las Tres Fronteras. Pero esta semana, bajo ese estruendo natural, otro sonido –más discreto, más humano- volvió a hacerse presente. Se trata del tintinear de cientos de monedas rescatadas del fondo del río Yguazú.

Aprovechando que esta semana el caudal del río se mantenía estable, un grupo de trabajadores y voluntarios, de la empresa que administra el atractivo en el lado brasileño, descendió a una zona poco visible para los turistas. Allí, entre rocas húmedas y corrientes persistentes, comenzó una tarea silenciosa, retirando los rastros de una costumbre tan extendida como problemática.

En pocas horas, la cifra sorprendió incluso a los propios organizadores. Cerca de 383 kilos de monedas habían sido acumuladas en el lecho del río, arrojadas por visitantes. Junto a ellas, emergieron también objetos cotidianos –gafas, botellas, gorras- como pequeñas evidencias de paso humano en uno de los paisajes naturales más imponentes del continente. 

La escena, que podría parecer anecdótica, encierra un trasfondo ambiental preocupante. Las monedas, muchas ya corroídas por el agua, liberan metales que alteran el ecosistema. No es un gesto inocente por el impacto que estos residuos pueden tener sobre la fauna acuática.

RITUAL DEL DESEO. La práctica de arrojar monedas –heredada de rituales de deseo y superstición– está prohibida dentro del parque. Sin embargo, persiste. Quizás porque el acto es rápido, casi automático; quizás porque el entorno invita a ese tipo de simbolismos. Pero el resultado, como quedó en evidencia, se acumula con el tiempo.

Tras la recolección, las monedas fueron separadas. Algunas, en mejor estado, tendrán un nuevo destino. Servirá para financiar acciones ambientales dentro del propio parque. Otras, dañadas por la corrosión, difícilmente puedan ser reutilizadas.

La operación solo pudo realizarse gracias a la estabilidad del nivel del río. Sin ella, el acceso habría sido demasiado riesgoso. Aun así, el trabajo requirió coordinación, paciencia y un esfuerzo físico considerable.

Más allá de los números, la jornada dejó en claro que, incluso en uno de los entornos naturales más protegidos y admirados del mundo, la intervención humana –por pequeña que parezca– deja huella.

Las Cataratas del Yguazú, reconocidas internacionalmente y visitadas por miles de personas cada año, siguen siendo un símbolo de belleza natural. Pero también, cada vez más, un recordatorio de que la conservación no depende solo de normas o reconocimientos, sino de gestos cotidianos.

FUENTE: UH