Con más de 35 años dedicados a la pesca, Miranda ha sido testigo en primera fila de la metamorfosis más profunda que ha sufrido la "Perla del Paraguay" y su entorno fluvial.
- 30/06/2026
- Por Edicion Prensa
En las orillas del barrio Pacu Cuá, la silueta de Sergio Miranda se recorta contra el río Paraná como un testimonio vivo de la transformación regional. Con más de 35 años dedicados a la pesca, Miranda ha sido testigo en primera fila de la metamorfosis más profunda que ha sufrido la "Perla del Paraguay" y su entorno fluvial.
El pescador evoca con nostalgia un Paraná de finales de los ochenta, caracterizado por una abundancia casi mítica. En aquel entonces, antes de que el llenado definitivo del embalse de Yacyretá alterara los pulsos naturales del agua, Pacu Cuá era un puerto natural rebosante de actividad, donde extraer grandes ejemplares de surubí, dorado o el pacú que da nombre al barrio era una tarea cotidiana. Las costas eran rústicas y la vida comunitaria estaba íntimamente ligada al ritmo salvaje del río.
La llegada del nuevo milenio y la posterior construcción de la Costanera transformaron el paisaje por completo. Miranda explica cómo los antiguos bancos de arena y zonas de desove desaparecieron bajo el agua tranquila y ensanchada del embalse actual. El Paraná bravío se convirtió en un espejo de agua predecible y turístico, alterando las rutas migratorias de los peces. Hoy, la escasez es una realidad insoslayable que obliga a jornadas más extensas y al respeto estricto de las vedas para proteger el recurso.
Frente a este escenario, Sergio Miranda destaca que el río ya no es solo una fuente de sustento, sino un ecosistema frágil que exige cuidado. A pesar de los desafíos y la reducción de las capturas, asegura que mientras el cuerpo se lo permita, seguirá adentrándose en el agua cada madrugada, manteniendo vivo el último eslabón de una Encarnación que se niega a olvidar sus raíces fluviales.